Emociones positivas

¿Cuáles son las emociones positivas? Esta pregunta plantea la cuestión de que tiene que haber, entonces, emociones “negativas”. ¿Cuáles son ésas emociones? Y lo que es más importante: ¿qué determina que una emoción sea negativa o positiva?

Es importante señalar que existen emociones que no tienen un valor positivo o negativo per se, ya que no producen sensaciones placenteras o desagradables por sí mismas: son las emociones neutras. Un buen ejemplo es la sorpresa. Nos podemos sorprender por cosas negativas o positivas, dependiendo de la situación en la que nos encontremos.

Pero vayamos a analizar si realmente está bien que categoricemos el resto de emociones como buenas o malas…

La mayoría de personas considera que las emociones que nos producen malestar emocional son negativas. Ejemplos de ello son la tristeza, el miedo o el asco. Generalmente, cuando sentimos este tipo de emociones tenemos una reacción fisiológica desagradable (ansiedad, sudoración, taquicardias, náuseas u otras sensaciones incómodas). Tenemos que tener claro que el cuerpo se está “preparando” o más bien, está “reaccionando” ante estímulos negativos. Pero si en realidad lo negativo aquí es el estímulo, la emoción que experimentemos será adecuada al contexto.

Lo cierto es que todas las emociones tienen una función (en algunos casos incluso evolutiva o biológica), y algunas de ellas nos ayuda a reaccionar ante ciertos estímulos. Por ejemplo, el asco nos ayuda a alejarnos de algo que podría resultar perjudicial para nosotros. Otro ejemplo: si tenemos fobia a los perros y cuando vemos un can nos entra el miedo, diríamos que ésa emoción es coherente con nuestra cognición. Lo realmente negativo en el ejemplo es la fobia (los pensamientos distorsionados que la originan), no la emoción experimentada.

Las emociones son las respuestas más directas a nuestros pensamientos. Son viscerales, incontrolables y algunas veces pueden ser irracionales.

Lo cierto es que el valor negativo de las emociones puede ser muy relativo. A veces el miedo nos ayuda a escapar, la ira puede ser un revulsivo para reaccionar ante ciertas situaciones o la tristeza puede ser necesaria a la hora de desahogarnos.

De igual manera, las emociones “positivas” pueden no ser útiles o incluso tornarse patológicas en algunos casos. Por ejemplo, la alegría y la confianza excesiva pueden tornarse manía, la tranquilidad puede impedirnos salir de una situación peligrosa si no somos conscientes de otras señales, e incluso el cariño puede transformarse en dependencia y nos puede dificultar salir de una relación tóxica.

Algunas personas con patología mental experimentan reacciones emocionales exageradas o descontextualizadas. Por ejemplo, una persona con trastorno alimentario puede experimentar asco al ver una comida que antes le gustaba mucho, o alguien con depresión puede sentir apatía y tristeza al realizar una actividad que antes le proporcionaba mucho placer.

La clave es entender que ninguna emoción es positiva o negativa por sí misma, sino que debemos ver si es coherente con el contexto, las vivencias personales o las cogniciones asociadas a ciertos estímulos. Quizás, en vez de hablar de emociones “negativas”, sería más prudente hablar de emociones “desadaptativas”.